Crónicas de Bosnia: por qué volveríamos a averiar la furgoneta en Bosnia

Tal vez viajar a Bosnia en furgoneta camper te resulte algo exótico/arriesgado/difícil.
Si le añadimos que, nada más llegar al país, debes arreglar la bomba inyectora y la puesta en marcha, la cosa se complica.
Si te decimos que cargarnos todas esas piezas fue lo mejor que nos pasó, pensarás que estamos locos de remate. Que lo estamos, pero este no fue un caso de enajenación mental.
Te hablamos sobre un país que nos abrió sus puertas allí donde fuimos y nos brindó una hospitalidad impresionante.

Primer día en Bosnia. Primera puerta abierta

Comenzaban los primeros días de septiembre. Entramos a Bosnia por el norte, una frontera no transitada por turistas.
Como siempre que cruzamos una nueva frontera, nos miramos nerviosos y con ilusión. Nos espera mucho por aprender y descubrir.
Nos rodeaban kilómetros de campos color tierra y matojos secos. A lo lejos, bajo la estela de un calor abrasador, se adivinaban montañas.

Frontera Bosnia

Lo primero que nos llama la atención son las mezquitas. Se erigen orgullosas en el horizonte, con sus largos minaretes apuntando al cielo. Nos gusta. Es diferente y estamos ansiosos por conocer más.

Mezquita Bosnia

Lo segundo que nos llama la atención es que la ola de calor también nos persigue aquí. Cerca de 40 grados nos iban cociendo, lentamente.
En un ataque desesperado, buscando una sombra que nos acoja, conducimos hacia las montañas que habíamos visto a lo lejos. Conducimos, conducimos, conducimos… La carretera es muy estrecha, sin posibilidad de parar en un apartado. Dejamos tras nosotros un par de aldeas, quizá sean buena opción por si no encontramos nada mejor.

La carretera cambia asfalto por arena. El GPS nos indica que continuemos por la arena, 100 km más adelante encontraremos una ciudad.

Esa fue la última vez que le hicimos caso al GPS en Bosnia.
Más tarde nos enteramos que estábamos conduciendo por una carretera sin desminar y que, 15 kilómetros más adelante, no era posible continuar, pues el puente que permitía continuar fue destruido durante la guerra.
El GPS a veces tiene unas maneras muy curiosas de intentar librarse de nosotros.
Nota: no deberíamos insultarle tan a menudo.

La cartografía de los GPS en Bosnia funciona fatal.
Pasamos de la tecnología asesina del GPS a la seguridad del mapa de papel que, como mucho, te cortará con el filo, pero nunca intentará que vueles por los aires con una mina o caigas por un puente destruido.
Gracias un chico bosnio que conocimos en Eslovenia, llevábamos un mapa en un folio con algunas recomendaciones hechas por él.

La sombra ofrece descanso y amigos

Después del intento de asesinato del GPS, volvimos a una de las aldeas que habíamos dejado atrás.
Al lado de la iglesia y bajo un enorme árbol, encontramos algo parecido a un descanso del calor que abrasaba sin piedad la chapa de la furgoneta, convirtiéndola en un horno rodante.



Al día siguiente salgo de la furgo después de desayunar. Uno de esos momentos que uno debe darse privacidad al otro. Básicamente significa “que te vayas a dar una vuelta y no hagas preguntas, que luego te dejo volver a entrar”.
La privacidad en 3 metros cuadrados a veces es cruel.

Desahuciada como estaba, me encuentro con un hombre leyendo el cartel que llevamos pintado en la puerta. Me mira, le miro, sonríe, le doy los buenos días y me pregunta lo de siempre.
– ¿De verdad estáis viajando de España a China?
La siguiente pregunta no es la de siempre.
– ¿Cómo narices habéis encontrado este sitio?
Le contesto que, básicamente, buscando una sombra. Su mirada, con un ojo entornado y una ceja semi levantada, denota que estoy reforzando su teoría de que no estamos muy en nuestros cabales.
Me responde que en la aldea llevan preguntándose desde ayer que qué leches hacen dos extranjeros allí, que jamás había llegado un turista.
– Imagina que ahora mismo acaba de aterrizar un ovni en mitad del pueblo. Pues eso sois vosotros aquí. Un ovni con matrícula española – me dice Josip.

Tras un rato de charla, le comento si podría recomendarnos un taller donde poder arreglar la bomba inyectora. Me contesta que podría mirar en internet en su casa, que vayamos con el.

Familia Bosnia

Y así fue como Josip, Ivanna y su familia nos abrieron las puertas de su casa.
Tomamos rakia – aguardiente típico de los Balcanes – con el padre de Josip, a las nueve de la mañana (nunca más). Nos pegamos una ducha de agua caliente. Comimos un desayuno riquísimo con sus hijos, riendo mientras la pequeña le lanzaba trozos de embutido a los gatos. Y nos despedimos pronto, con mucho pesar, porque debíamos ir en busca de un taller que quisiera arreglarnos, al menos, la bomba inyectora.

En busca de un bombero

Con Josip quedamos pendientes de que nos pasase el teléfono de un buen bombero en Herzegovina. Nosotros buscamos talleres oficiales de nuestra marca, Delphi.
Pusimos rumbo a uno de los talleres rápidamente, pues cada vez que chequeabamos el aceite, el olor a gasóil era más evidente.

Antonio Bosnia

Durante gran parte del camino nos acompañó el cañón del río Una, un impresionante río color turquesa, de aguas transparentes. Nada que envidiarle a muchos ríos de Eslovenia.
La carretera transcurría tranquila, limitada en su mayoría a 60 kilómetros por hora. El firme en buenas condiciones nos llamó la atención, pues teníamos oído que las carreteras en Bosnia dejaban bastante que desear. Eso es porque quien lo dijo no ha ido a Bulgaria, que más que carreteras parece un paisaje lunar lleno de socavones donde, en más de una ocasión, cabe medio coche dentro.

El paisaje fue pasando de cañones y montañas a campo abierto y casas con muchas heridas de la guerra.
Mucha parte de la vida comercial se hace a la vera de la carretera: tiendas, talleres de reparación de coches, venta de fruta, miel o verduras. Cuando atraviesas una población siempre encontrarás mucha vida comercial en las vías principales.

Probando el primero bombero

Cuando tienes que reparar el vehículo mientras viajas, todas las fórmulas que conoces y pones en práctica en casa, se van al traste. Antes de meterte 200 kilómetros, lo normal es que llames. Cuando estás en un país sin teléfono, te comes los 200 kilómetros para preguntar. Sobre todo si no sabes el idioma.

Llegamos al primer taller cruzando los dedos. Era una de las 2 casas oficiales de Delphi en el país. No podíamos permitirnos buscar mucho más lejos, quizá nuestro petrolero no aguantaría con todo el gasoil que se nos estaba colando en el depósito del aceite de motor.
Y, como suele pasar, a la primera no va la vencida. El jefe no estaba, debíamos esperar casi una semana a que volviera. Tampoco eso aseguraba que nos pudiera arreglar la bomba.

Danijel, un café y nuestro bombero

A lo largo de todo el viaje, cuando queremos conocer gente local, solemos usar Couchsurfing. Y así lo hicimos para conocer a Danijel, nuestro anfitrión en Doboj.

Teníamos que elaborar un nuevo plan para buscar un bombero, pero mientras tanto decidimos quedar con Danijel para tomar un café. Y el café nos llevó al bombero prometido.

Por comentar, le dijimos a Danijel el problema con la bomba. El se giró en la mesa de la cafetería, habló con un amigo, su amigo hizo una llamada y en 10 minutos teníamos un sitio donde ir a arreglar la bomba. Y a menos de 5 kilómetros.
La única pega era que el bombero no hablaba inglés, así que nos llevamos a Danijel.

Llegamos a un taller de los que nos gustan para nuestra furgo: un cartel con más años que nosotros de “Bosh Service”, piezas de recambio viejas por todas partes y dos mecánicos con grasa hasta los codos. El sitio ideal.

Tras una hora discutiendo los términos del arreglo, llegamos a un acuerdo. No fue sencillo: el motor de arranque no funcionaba, querían arreglarlo, nosotros no. Total, para qué, si llevamos empujando un mes y estoy echando un brazo que ni con la mejor rutina de gimnasio. Súmale que Antonio se pone nervioso cuando le quieren meter mano a la furgo, más traducir de español a inglés y de inglés a serbo-croata. Y que teníamos que dormir en el recinto del taller con la furgo.
Por último, le añadimos a la ensalada que uno no se fía mucho de los talleres, para que nos termine de explotar la cabeza.

Finalmente, hablando por teléfono con el hijo del mecánico, que vino más tarde en persona, nos relajamos un poco.

Viajar a Bosnia en furgoneta

Lo primero que hicieron en el taller fue enseñarnos otra muestra de la hospitalidad Bosnia: nos dieron de comer sin preguntar. Una pizza enorme para compartir todos juntos.
A ver si alguien se acuerda de la última vez que le invitaron a comer en un taller mecánico.

Pizza en Bosnia

Sentirse como en casa en un taller es posible

Durante los cuatro días que duró la reparación nos trataron como a familia. Café por la mañana, compartiendo almuerzo – por supuesto, sacamos la sartén de las tortillas -, conociendo de nuestras respectivas culturas. Todo ello sin hablar un carajo de su idioma. Un enorme papel en blanco sobre la mesa del taller, que hacía las veces de mantel, fue nuestra forma de hablar.

Gracias a nuestras “conversaciones sobre el mantel” conocimos parte de su cultura y de su propia historia como familia.
Esta familia sobrevivió a la guerra sin salir del país, resguardados en un pueblo de montaña.
Sobrevivieron en 2014 a la peor inundación que ha habido en Bosnia. Perdieron toda la maquinaria del taller. Pero se han vuelto a levantar.
Nos enseñaron que los bosnios tienen una capacidad de recuperarse increíble. Son el ave fénix de los Balcanes.

Nos intentaron ofrecer rakia nuevamente, no picamos esta vez. Conocimos a su mejor amigo, que nos regaló kilos de verduras y frutas de su huerta.

Verduras Bosnia

La prueba de fuego y las despedidas

Cuatro días después de llegar al taller, la furgoneta estaba lista para la prueba de fuego: comprobar que las reparaciones estaban correctas.
Después de una corta vuelta de reconocimiento de 10 minutos -hubo que acortarla por el “pequeño problema” de corrupción policial que hay en Bosnia- Antonio y el mecánico volvieron con aire triunfal.
No sé qué cara se le queda a uno después de tener arreglado un problema que veníamos arrastrando desde hace un año, pero la nuestra debió ser de puro alivio. Fue como si el cuerpo se nos volviese ligero después de habernos quitado una losa de 2 toneladas de encima.



No nos podíamos creer que ya no tuviéramos que dormir en cuesta. Se acababa el cocinar con media sartén porque el aceite se te escurre a un lado. No más idas a la gasolinera con la garrafa al hombro porque no hay cuesta para arrancar después de repostar.
Y lo mejor, las excursiones en busca de aceite de motor y un sitio donde tirarlo se habían acabado.
Tres cambios de aceite en menos de 3 meses eran suficientes por un largo tiempo.

Lo que más nos temíamos

Tras la alegría de ver la furgo arreglada, llegó el momento más temido de los últimos 4 días. Lo que nos llevaba rondando desde las primeras horas que llevábamos en el taller.
¿La factura?
Pues no. No fue la factura. Lo que tuvimos que pagar fue ridículamente barato, menos de un cuarto de lo que hubiéramos tenido que pagar en España. Y sin pizza.

Lo más difícil fue despedirse. Decir adiós a quien nos había tratado como familia durante unos días, quien nos ofreció sin descanso todo lo mejor de sí mismos. Decir adiós a las risas entre cafés, al “maybe da maybe ne”, a las conversaciones sobre papel.
Tanto nos costaba, que nos prometimos una última vez, unos días más tarde.
Iríamos a la ciudad de Tuzla y a nuestro regreso tomaríamos el último café.

El último café fue un café con dulces, dos horas más de charla sobre el mantel, cervezas y una última pizza.

Después de nuestra experiencia con la avería de la furgoneta en Bosnia, no podemos dejar de repetirle a todo el mundo: si tienes que cargarte algo del vehículo, procura que sea en Bosnia. Si vas bien de mecánica, rompe algo, no te arrepentirás.

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Notifícame de
Pablo

Me encantó el relato! Buen viaje chicos y gracias por la recomendación

Francis

No sé si llegaréis a China, pero estáis rwcorriendo un camino iniciático. Suerte

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