La Naturaleza nos Espera Viajando a Huesca

Huesca y su Monte Perdido

Cuando te dijeron que Huesca era bonita, te engañaron.
Huesca impresiona, te deja sin habla. Boquiabierto, lo único que alcanzas a decir en cada valle, en cada vista y cada pueblo es un ‘ualaaaa’, de esos que se dicen con la boca bien grande mientras se te eriza la piel.

Nuestro paso viajando a Huesca comenzó sin querer.

Francia nos sacó de sus fronteras por el túnel de Somport, no teníamos planeado volver a entrar en España ese día, pero, cosas de la ruta, acabamos llegando a Canfranc. Nos recibió un sol de atardecer tremendo, el pueblo, Canfranc, pequeño y coqueto, con sus casas de piedra gris, arropadas entre imponentes montañas piernáicas. Y un frío del carajo.
Túnel de Somport
Como la sombra del porrazo que nos dieron en Bilbao seguía planeando sobre nuestras cabezas, decidimos ir a Jaca, para tratar de arreglar el parachoques. Un poquito de pintura, quitar el golpe y listo. Sonaba fácil, pero, para no variar, no lo fue tanto. Dos días de espera, más dos días de trabajo, nos retuvieron allí.

Entre esperas e idas y venidas al taller, conocimos Jaca y alrededores.
Jaca es una ciudad tranquila, al menos en ésta época del año, finales de septiembre, pero deja entrever que su punto álgido de vida comienza con la temporada de esquí. Su centro histórico era un laberinto de aspecto pulcro, calles pequeñas, llenas de tiendas expectantes ante la llegada de los turistas de invierno. Cuenta con una catedral románica y la ciudadela, un antigua fortificación militar construida por orden de Felipe II, con el fin de proteger la frontera aragonesa de los franceses. Impone la gran muralla que envuelve la ciudadela, rodeada por un foso enorme, donde, según nos dijeron, había ciervos. Así cambian los tiempos, ciervos en lugar de cocodrilos, los fosos ya no son lo que eran…

Aprovechamos la estancia en Jaca para visitar el monasterio de San Juan de la Peña. Uno de esos sitios que entran por los ojos nada más verlos en fotografía, pero que se desinflan en cuanto te plantas delante.

Monasterio San Juan de la Peña

No somos buenos fotógrafos, pero más o menos pudimos reflejar algo de la realidad del monasterio.
Al menos Robi pudo poner en práctica nuevas formas de intentar huir de nosotros.

Robi intentando escapar Robi intentando escapar

Mereció la pena la vista que pudimos disfrutar de los Pirineos, desde los miradores que encontramos al bajar la carretera desde el monasterio.

Una vez tuvimos el parachoques arreglado (o eso creíamos, porque una semana después, se nos está empezando a pelar, gracias al ‘gran trabajo’ que nos han hecho en talleres Gallego de Jaca), pusimos rumbo al parque natural de Ordesa y Monte Perdido. Cuando pones en el GPS la ruta y te marca 100km pero 3 horas, te das cuenta que ya estás en los puros Pirineos. Añádele que pilotamos un petrolero de 26 años y la ruta no baja de 4 horas.
Pese a lo duro del camino no pudimos hacer otra cosa si no disfrutar de ir cabalgando sobre las imponentes montañas que conforman los Pirineos.
A 20km/hora no pierdes detalle.

Llegamos a un pueblo llamado Broto, no quisimos seguir subiendo hasta no asegurarnos de cómo se presentaban los últimos 15 kilómetros. La noche se nos echaba encima y, por una vez, decidimos hacerle caso a nuestro sentido común y parar.

viajando a huesca

Broto

Tras un breve paseo por Broto dimos cuenta del paisaje tan brutal que nos rodeaba. Broto, un pequeño y bello pueblo recogido entre montañas afiladas, casas de piedra y madera, dividido por un río de aguas salvajes, que dejaban ver la fuerza con la que bajaría en la época de deshielo. Un lugar perfecto para establecer el campamento base durante tres días.

Nos informamos sobre el estado de las carreteras y marchamos de excursión a Monte Perdido. Tras unos 15 km de carretera de primera, segunda, revuelta, mete la primera que nos vamos para atrás, llegamos al parking para comenzar a pie una ruta de 5 horas, ida y vuelta.
Lo que nos encontramos en aquella ruta es el motivo por el cuál, cuando te dijeron que Huesca era bonita, te engañaron.
La ruta transcurría por un sendero ascendente pero suave, entre bosques de hayas y fresnos enormes, avellanos y pinos negros. En el ascenso encontramos varias cascadas de película, que finalizaban en enormes pozas de color celeste. Daban ganas de tirarse a ellas, pero decidimos dejar las pulmonías para Enero.

Pozas de agua (Monte Perdido)

Pozas de agua (Monte Perdido)

De pronto, el bosque dejó paso a cientos de metros de claro, acompañados por el río a nuestra derecha. Allí solo puedes pararte estupefacto y admirar las decenas de tonalidades de verde que te rodean. Ni con un Pantone delante te puedes hacer a la idea de la cantidad de verdes que tus retinas están recibiendo.

Casi en la recta final de la ruta, cuando piensas que no puedes desencajar más la mandíbula por el asombro del paisaje que te rodea, el bosque deja paso a un gran claro. Una tímida vegetación y millones de rocas pequeñas afiladas crean una alfombra. Todo ello recogido en un valle, dando la sensación de estar en una gran olla acogedora de piedra y matojos.

Monte Perdido

Monte Perdido

Tras los últimos cientos de metros de ruta, como coronando un día perfecto entre naturaleza salvaje, apareció la cascada cola de caballo. Un enorme salto de agua acabado en una pequeña poza de agua celeste y absolutamente transparente.

Cascada Cola de Caballo

Cascada Cola de Caballo

En aquel punto, decidimos regresar, pues amenazaba lluvia y no íbamos del todo preparados. Al parecer, las nubes nos escucharon y nos regalaron un chaparrón con todos sus complementos: rayos, truenos, lluvia violenta, granizo… En cinco minutos estábamos como sopas, las zapatillas haciendo ‘chap chap, a cada paso y agarrándonos los pantalones que amenazaban con bajarse del peso del agua.

La siguiente parada en Huesca fue Benasque y Cerler

Cerler nos enamoró. En esos días parecía un pueblo fantasma, pues a finales de septiembre reinaba la calma de las vacaciones de verano y aún no habían comenzado los trabajos para preparar la temporada de invierno, así que encontramos un remanso de paz en Cerler.

Fuimos a parar a un descampado con unas vistas impresionantes, un lugar ideal para pasar la noche y despertar como en una postal turística, con los Pirineos delante.
Como todo buen sitio de postal, en cuanto se puso el sol comenzó un frío de esos que te estiran la cara. En un arranque de coronar la ‘tarde de postal’, del fondo de la despensa saqué el colacao de emergencia, que no es otro que un preparado de chocolate a la taza en polvo. Ahí aprendí que si le echas más de 5 cucharadas soperas a la leche mientas la calientas, a los 10 minutos de haberlo preparado, puedes dejar la cuchara de pie en la taza. Novatadas de los productos preparados…

cerler

Saboreando la Libertad

Gracias a nuestra vecina de autocaravana en Cerler, nos describió una increíble poza de agua termal en la ladera de una montaña. No desvelaremos posiciones, se lo prometimos, pero quien vaya por la zona, si pregunta seguro que alguien la conoce.

Agua termal en Benasque

Agua termal en Benasque

Nuevamente nos aventuramos a coger carretera, dirección Andorra. Otra vez, 120 km y muchas horas por delante. Dimos una palmadita de ánimo a la furgo y arrancamos nuevamente para continuar cabalgando Pirineos, dejando a nuestras espaldas, completamente enamorados, Huesca.

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