De España a Francia por la Frontera de Irún

La primera frontera

Pasamos nuestra primera frontera, de Irún a Francia, por nacional. Expectantes por lo que nos pudiéramos encontrar, pasamos sin pena ni gloria. Sin comités de bienvenida, mucho menos de despedida. Nuestras fronteras están hartas de ver gente yendo y viniendo, de viaje de placer o negocios o buscando una mejor vida. Pasamos de una calle a otra, una es España, la otra Francia. Sin más. Eso es todo. Esbozas un tímido ‘¡bien! ¡Francia!’, aunque sepas que suena desinflado, lo intentas.

Durante los primeros kilómetros vas viendo los cambios evidentes en el entorno, que te indican que estás en un país extranjero: los semáforos cambian, las aceras cambian, las matrículas cambian, los carteles empiezan a verse raros. Tu cabeza, que trata de ir asimilando toda la nueva información, intenta componer tus primeras frases de supervivencia y cortesía en francés. Suena de maravilla, fluido, un acento impecable. En tu cabeza, claro, en cuanto tratas de ponerlo en práctica te encasquillas, balbuceas, acabas haciendo un gazpacho hispano-francés, forzando a tu interlocutor a que entienda español -¡pero si hace 10 kilómetros me entendían, allá por España!- y al final recurres al tan preciado lenguaje de signos, que para mantenerse con vida basta y sobra.

Nuestro paso por Biarritz y Baiona nos apabulló. No esperábamos tanta gente, aunque siendo ciudades fronterizas, se entiende. Coches y más coches durante kilómetros, rotondas, semáforos, casas, comercios, turistas, locales, todo aquel batiburrillo apabullante te hace suspirar de melancolía al recordar que, días atrás, la única aglomeración que soportabas era la de las imponentes montañas vascas.

Biarritz

Biarritz lo recorrimos entre chaparrón y chaparrón. Cuando sales en chanclas y a lo loco, te conviertes en un imán de lluvia. Igualito que cuando lavas el coche, pero en chanclas suele llover con más violencia, recordándote que pensaste en ponerte otro calzado al ver aquella nube sospechosa. Pues toma lluvia.

Algo que nos sorprendió a llegar a Biarritz, recorrer casi todas sus calles -perdimos temporalmente la furgoneta- fue no encontrar ni una sola fuente de agua. Será que con lo que llueve por aquí, con mirar al cielo, abrir la boca y calzarte las chanclas…
La sensación general que nos transmitió la ciudad fue de turismo masivo en verano, nosotros llegamos ya con las últimas coletadas de valientes bañistas que, pese a las amenazantes olas, se zambullían despidiéndose hasta el próximo año.

Baiona a penas la vimos, recorrimos los alrededores, pero no la ciudad en sí misma.
Aprovechamos nuestro paso por un gran centro comercial – lo de ‘gran’ es por grande, no por hermoso – para comprar una tarjeta de teléfono con una buena oferta de internet. No fue moco de pavo, ya que si es difícil entender las condiciones de las compañías de España, trasládalo a un idioma extranjero y te volverás loco. Después de varias idas y venidas, consultas por internet, largos ratos de conversación tratando de descifrar aquel folleto informativo plagado de asteriscos y letra pequeña, se nos ocurrió preguntar si alguien de la tienda hablaba español. Y hubo suerte, así que salimos con nuestras dudas resueltas y un buen puñado de megas bajo el brazo a precio de risa, comparado con nuestras tarifas nacionales.

Aquellos dos primeros días por Biarritz y Baiona andábamos con la mosca detrás de la oreja por el tema de recargar agua para la furgo. Nuestros principales suministradores en España son las gasolineras y fuentes públicas. Pues en esta zona de Francia, ni las gasolineras tienen agua ni hay fuentes públicas. Recordamos aquello en lo que tanto nos habían insistido distintos amigos, que Francia es el paraíso de las autocaravanas, que hay áreas cada dos por tres. Claro, tu con esas referencias te imaginas que a cada paso que des encontraras un área preciosa y reluciente, esperando que hagas uso de ella. Pues no en esta zona. Ni rastro de alguna, ni indicaciones, ¿será que de verdad practican lo de la chancla y estamos haciendo kilómetros a lo tonto buscando algo que tenemos sobre nuestras cabezas?

Baiona
Baiona

A cero de agua, dando vueltas por Baiona, vislumbramos a lo lejos lo que parecía un área. Era un grupo grande de autocaravanas y caravanas estacionadas en un descampado de un polígono industrial. Bien, estamos salvados, esta noche lo celebramos con una ducha. Ponemos rumbo a aquel oasis. Nos extrañó no ver ningún cartel indicativo, pero como ha sido la tónica habitual estos días en Francia, no le dimos mayor importancia.

Nada más entrar en el descampado, comenzaron a salir de entre caravanas y autocaravanas varios hombres y mujeres con mirada curiosa. Nosotros también les mirábamos igual. Algo no nos cuadraba, no era el típico área. De entre las caravanas salían metros de mangueras y cables eléctricos como serpientes recorriendo todo el descampado.

– Me parece que esto no es un área de autocaravanas… ¿nos marchamos? Nos están mirando mucho.
– Psssseee… Ya que estamos, pues preguntamos.

Solemos ignorar nuestro sentido del peligro y los prejuicios, decisión que  siempre nos ha reportado más ventajas que disgustos. Al fin y al cabo buscamos aventura, de lo contrario seguiríamos en casa viendo los Simpson al medio día.

Al primer grupo de hombres que se nos acercó le preguntamos por agua y si nos podíamos quedar allí a dormir. En realidad fue más cuestión de señas y un par de chapurreos en un francés que dejaba bastante que desear. En seguida nos trajeron una manguera y nos invitaron a quedarnos allí sin problema. Mientras rellenábamos los depósitos y nos preguntábamos si el agua que estábamos cargando era de la ría o de la red corriente, se acercó un hombre que hablaba español. Nos comentó que todos ellos vivían allí, que la policia no se metía y que podían coger agua de una fuente cercana. Por la luz ya no preguntamos. Después de una batería de preguntas entre ellos y nosotros, por aquello de saber ‘y tú quién eres’ se fue sumando algún que otro hombre más. Miraban divertidos la furgoneta, pues dentro de aquel campamento, éramos los más cutres del lugar. Las caravanas que conformaban el campamento se veían nuevas y flamantes, con grandes toldos y neveras en el exterior, lavadoras, cuadros eléctricos y demás enseres domésticos. En medio de la charla, salió un hombre de su caravana, abrazado a una gran bolsa llena de barras de pan, ofreciéndonos para que cenásemos un bocadillo. En veinte minutos que llevábamos allí nos dieron agua, hueco para dormir, nos ofrecieron luz y comida. Quién quiere ir al área de autocaravanas cuando te reciben con los brazos abiertos sin conocerte.

Mientras preparábamos la cena pegamos la oreja a las conversaciones que escuchábamos.
– Pues yo que pensaba que era gitanos rumanos, pero hablan en francés entre ellos. Serán gitanos franceses…

Al día siguiente despertamos con unas preciosas vistas a la ría. Fuera, las mujeres comenzaban el día entre cafés y sacudidas de edredones. Había que aprovechar que no llovía, de momento.

Partimos hacia una playa que nuestros anfitriones nos habían recomendado, plage la digue. Una playa kilométrica, donde nuestra vista no alcanzaba a ver el final, que impresionaba por lo revuelto que estaba el mar.
– Pues te digo una cosa, ¿ves esta playa?. Así iba a ser casi todo el invierno por la costa de Normandía. Playas enormes, vacías, lluvia, frío, viento, ni un alma por las calles. Y acantilados, como nos dijo Joan, nos iban a salir por las orejas. Menos mal que cambiamos de planes, si no, nos hubiéramos matado el uno al otro.

Pasamos la noche cerca de la playa, aprovechando la tranquilidad del entorno, entre bosques de pinos y alcornoques, comiendo moras silvestres y rebuscando piñones. Y por qué no decirlo, uno de esos sitios ideales para hacer uso de culo libre sin necesidad de andar agachado entre dos coches, con el cuello estirado como un suricato en alerta por si alguien podía verte.

A la mañana siguiente decidimos partir rumbo a Huesca. La idea principal era llegar a Benasque, pero al ser un buen tirón de kilómetros, pararíamos cerca de la frontera con España. El viaje transcurrió entre inmensos campos de maíz, carreteras secundarias sin tráfico, pueblos pequeños, alguna que otra explotación ganadera, cerdos, vacas, gansos y ocas, alpacas… Si, alpacas. Yo, por si acaso era verdad eso de que escupían, deje que Antonio se acercase a sacar la foto. Usó el zoom, el muy cobarde. Y eso que teníamos agua para ducharnos.

Alpacas

Aprovechamos la parada para coger un par de mazorcas de un campo cercano. No somos de apropiarnos de lo ajeno sin preguntar, pero los campos que encontramos durante kilómetros lucían bastante abandonados. Suponemos que la temporada no fue buena y no les compensaba recoger la cosecha. Con nuestras mazorcas de aspecto dudoso, continuamos la ruta.

Viajando desde el sur de España a Asia

Poco a poco el paisaje fue transformándose, dejando paso a las primeras señales de que nos aproximábamos a los Pirineos. Delante de nuestros ojos se comenzaban a erguir las impresionantes cumbres, mientras íbamos dejándolas a los lados a nuestro paso por un gran valle. Entre picos de vértigo y nubes amenazantes de lluvia, nos fuimos acercando a la frontera con España, la cual cruzamos por el túnel de Somport. Casi 9 kilómetros de túnel, de los cuales una parte era francesa y otra española. El túnel nos escupió directamente en España. Tampoco hubo ni bienvenidas, ni despedidas, ni carteles, ni charangas… A cambio, recibió un inmenso sol, que bañaba la superficie de las montañas que nuestra vista alcanzaba a ver.
Aquí no deben practicar lo de la chancla francesa, pensé para mí. Por si las moscas, dormiré con las zapatillas puestas.

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